Pena de extrañamiento por Enrique Lihn
Buscador de poesias: Pena de extrañamientoEnrique Lihn20/10/2008 No me voy de esta ciudad con la resignación de los visitantes en tránsito Me dejo atar, fascinado por ella a los recuerdos del presente: cosas que no tuvieron, por definición, un futuro pero que, ciertamente, llegaron a envejecer, pues las dejo a sabiendas de que son, talvez, las últimas elaboraciones del deseo, los caprichos lábiles que preanuncian la vejez.
En una barraca, cerca de Nueva York, el martillero liquidó el saldo de su negocio —un stock de fotografías antiguas— ofreciéndolas a gritos en medio de la risotada de todos: "Antepasados instantáneos", por unos centavos Esos antepasados eran los míos, pues aunque los adquirí a vil precio no tardaron, sin duda, en obligarme a la emoción ante el puente de Brooklyn como si Manhattan, que se enorgullece de volatilizar el pasado conservándolo en el modo de la instigación a desafiarlo fuera mi ciudad natal y yo el hijo de esos antiguos vecinos de los que la voz gutural hace irrisión, y el martillo.
No me voy de esta ciudad sin haber amado aquí a la mujer que conocí y no conocí ni haber agotado la vida conyugal reflotando en el negocio de plantas o antigüedades.
La isla dispone de fantasmas artificiales con que llenar los huecos de la contra-historia Ellos ocupan en la memoria, con la naturalidad que ésta se perite en relación a la nada el lugar de los verdaderos ausentes: caras que vi en las bouffoneries del Soho directement angeliques: esas muchachas caídas de la luna a la nieve vestidas de pierrot y sus acompañantes andróginos fueron y no fueron mis amigos de juventud Se congelan lágrimas que son de frío pero que memorizan, asimismo, a John Lennon Reconozco la nieve de antaño, que cae sobre Blecker Street en este día acrónico mientras se hace de noche a la velocidad simultánea del vuelo de un murciélago y pasan películas de mi tiempo en mi barrio.
Como si me retuviera algún negocio en la ciudad veo a Cary Grant e Irene Dunne que acaban de morir en una vieja comedia víctimas del capricho de uno de los primeros automóviles deportivos (la máquina del glamour) Sigo sus apariciones y desapariciones —una cita de Meliès en la magia blanca y sonora de Hollywood— la sorpresa de esta pareja se espejea en ellos- los transparentes- por gracia del celuloide.
Como mis propios fantasmas, esos figurines inverosímiles evocan, de manera en sí misma realista, alguna época acrónica de lo imaginario Son los antepasados instantáneos de los deseos que provocan en la inocencia total de sus reencarnaciones o desplazamientos desde su absoluta lejanía en blanco y negro El beso final no ocurre en la pantalla sino entre la pantalla y la media luz de la sala un corte insubsanable en que se juntan y se besan el presente y el pasado: labios incompatibles que ninguna comedia puede reunir.
Lo que me ata a la ciudad es todavía más irreal que ese beso blanco, que connota glamour, escrito en la luz centelleante (el placer del ojo en el paraíso de la visión artificial) Haciendo el reconocimiento de cómo es lo que no es hic el nunc, en el Blecker Cinema Esta ciudad no existe para mí y yo no existo para ella allí, en ese punto en que los tiempos convergen bajo la especie de la Duración Existe para mí, en cambio, en la medida en que logro destemporizarla desalojarla por unos contrasegundos, de la convención que marca el reloj con sus pasitos de gato en la rutina del living Trabajo que Hércules no se soñaba en franca competencia con la Meditación Trascendental Si yo lo consiguiera, sentiría apoyarse desaprensivamente en mi brazo (el de Cary Grant) la mano enguantada pronta a desaparecer, de una muerta: Irene Dunne —frisson nouveau— y entre la pantalla y la media luz de la sala (borrado ya del tiempo el día de mi partida: dos de enero de mil novecientos ochenta y uno) Se tocarían (no) como para cualesquiera de los espectadores —gatos descongelados en el invierno de Nueva York— pasado, presente y futuro en una unidad de medida que reúna esos tiempos incompatibles para ellos y para mí, pero no para ellos: los veros vecinos de Washington Square. A diferencia mía ellos permanecerán, de hecho, en la ciudad, con el aval de sus antepasados a quienes, a lo mejor, pusieron en subasta por unos centavos y que yo mismo adquirí en una barraca.
De una memoria de la que mi memoria se hace cargo en la borrada fecha del dos de enero, mi cuerpo tomará el avión para hacer, en los meros hechos, de algunas calles cuyos nombres ya no recuerdo y de ciertos rincones que nadie volverá a ver recuerdos sin objeto ni sujeto Eso en lo que concierte a mi cuerpo, mientras el invisible ciudadano de esos rincones y esas calles tan innotorio como lo son, al fin y al cabo, entre sí diez millones de habitantes seguirá aquí, delegado por la memoria que llega a la aberración y toma entonces no sólo la forma de mi sombra: mi existencia hecha de algo que se le parezca Ese doble abrirá en mí un hueco que yo mismo no podría llenar con las anotaciones de mi diarios de viajes No me proporcionará los estímulos a los que necesite responder cuando me pregunten en mi pueblo por la Megalópolis Vivirá en mí de ella, simplemente, como el huésped del mesonero coadyuvando a que mi vida sea una versión del discours sur le peu de realité Porque la realidad estará allí donde ese parásito del ser se pasee gozando de su inanidad en tanto miseria sonora de estos versos y más allá del lenguaje y de la vida que me sustraiga mañana cuando como un cuerpo sin la mitad de su alma despojado del terror que fascina, habite en cualesquiera de esas medio-ciudades, defectuosas copias de Manhattan y, por lo tanto, ruinas -nuestros nidos- antes, después y durante su construcción algunos de mis puntos de destino cuando me vaya y no me vaya de aquí.
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