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Capítulo 4 de Tragedia de Apología

Marcial Cancela

22/03/2010

Mi padre, demasiado trabajador y más o menos reservado, era camionero. Mi madre, un ama de casa amante de su hogar, de su esposo y de sus hijos y a la que nunca lograré agradecerle como se merece todo lo que ha hecho y hace por nosotros. Considero que sus nombres no serían relevantes teniendo en cuenta que hablo de todos los padres del mundo; pero ellos dos no eran dos más, Marcelino y Remedios, esos eran ellos. Mi padre, en su afán de dar lo mejor a su familia, encontró un trabajo bien remunerado en valencia y tras un año de trabajo y soledad, toda la familia decidió seguirle. Una verdadera odisea si coincide con tus diecisiete años. De Galicia a Valencia, de golpe. Dado el contraste, puede entenderse porqué comparto afinidades con los inmigrantes. Yo soy un inmigrante en mi país, mi país que nunca fue mío, ni yo suyo. Todavía hoy recito “Adiós ríos, adiós fontes…” de Rosalía sin poder ni querer evitar unas lágrimas de morriña, unas gotas de nostalgia.

En realidad, nada aquí fue demasiado difícil; lo cierto es que un nuevo mundo se abría a mis ojos sensibles a tanta luz. Pasé de ser un bicho raro en mi tierra, a ver a otros como yo en tierra extraña. No tardé demasiado tiempo en conocer gente de aquí y de allá; ¡válgame Dios!, fui a caer en un verdadero cruce de caminos con peaje: Gandía, un feudo del Medievo venido a más, una de las casas de los Borgia, de los B-Orgía, como yo los llamo. En definitiva, un lugar afortunado y en inminente expansión. El paradigma de la evolución girando en torno a una cuenta corriente. Aquí conocí a las personas y amigos con los que compartiría aficiones e inquietudes.

Mi primer grupo de música rap fue como mi primer amor, o sea: mucha pasión, mucho potencial, muchas ganas y toda la inconsciencia del mundo. Éramos jóvenes, despreocupados, irreverentes y bla, bla, bla…, siempre los guardaré en un lugar especial de mi corazón, siempre han estado allí. El nombre, LK o Lethal Klan, viajó desde A Coruña conmigo, buena cuenta de ello puede dar el Señor Don Javier Pérez, que no ha dejado de ser uno de mis apoyos de juventud. No obstante, fue en mi nuevo destino que conocí a Salvador Tarazó, célebremente conocido como “El Moro”, y fue con él que recomencé una aventura urbana llamada LK, antes dejada atrás injustamente y por obligación.

La cosa fluía como por arte de magia, el carisma del Moro, el desparpajo del Erne, la potencia del Alex y mi peso; todo ello dio lugar a muchos temas aún hoy recordados en la ciudad; Pero, siendo la primera experiencia musical de casi todos nosotros, sujetábamos fuertemente las riendas pero no teníamos ni idea de hacia dónde íbamos.
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