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Capítulo 3 de Tragedia de Apología

William John Sandoya Castro

08/03/2010

Con mis bases en casetes había escrito unas cuantas canciones, tenía cerca de 30 escritas, algunas eran con mi antiguo grupo de aquella ardiente ciudad donde crecí y otras eran nuevas, las había escrito producto de la soledad en que me sentía sumergido. La soledad fue la culpable de que mis cuadernos se llenaran de letras y letras muchas veces incompresibles aún para mí, mucho menos para otros. Mis idas y venidas en tren, eran perfectas para escribir, mi soledad y el saber que no tenía nada, sin amigos, sin tan siquiera una casa y lo que fue peor, aunque mis padres estaban aquí conmigo, ya nos lo sentía.

Tenía libertad para hacer lo que quisiera, salía cuando quería y entraba cuando quería, la única regla en casa era no llegar borracho, todo había cambiado, tenía libertad pero no tenía amigos, los parques vacíos, las calles llenas de BMW, Mercedes, etc. Me hacía falta ver una de aquellas viejas camionetas que subían al barrio con 100 en el balde (…parecíamos ganado…); me hacía falta el contacto con la gente, el calor de la ciudad y me hacían falta abrigos para este frío infernal.

“Si la vida existe sabe que añoro la tierra,
Si existe aquel Dios sabe bien que siempre quise hacerlo bien
Y si tengo amigos, es porque nunca fallé
E intenté hacer el bien en lo que siempre quise hacer,
Amigos son amigos, los demás no conocidos,
Quiero conocerte a ti hombre o mujer.”
Trozo de letra escrito en 2001.

Mis letras se habían vuelto melancólicas, pedía un amigo en esta adinerada Gandía, y otro día más que salía a un parque vacío, unas calles llenas de coches de lujo e incluso ya empezaba a hablar como ellos, ya no decía carro si no coche, ya no decía apúrate si no date prisa, sin darme cuenta estaba cambiando, no sé si para bien o para mal, pero estaba cambiando.
La gente era distinta, me observaban y no sé si por indio o por mis pantalones, todos blancos con ropa cara, casi todos con BMW o Mercedes Benz, empezaba a sentirme minúsculo en Gandía, comprendí lo que es ser un cero o ser el punto negro de una pared blanca y lo que era peor, cada mañana que iba a buscar trabajo me preguntaban por una cosa que llamaban DNI y que no supe lo que significaba hasta que me di cuenta que sin eso, no podía conseguir trabajo.

Se me acumulaban los problemas, sin amigos, sin dinero, el parque seguía vacío y en la cancha solo estaban la porterías, volví a hablar de otra manera yo llamaba “arcos” a las porterías, seguía cambiando, empecé a perder la sonrisa, ya casi no quedaba rastro de aquel niño dinámico que se levantaba a las 5 de la madrugada para ir al colegio y pasaba todo el día jugando fútbol y reía con los amigos y en el barrio iba a la cancha a seguir jugando y en casa escribía y ayudaba a sus padres y salía con los amigos; había desaparecido aquel William ahora los amigos de mis padres me llamaban simplemente Will.

Will; me habían hecho pequeño, no nací manco, ni cojo, no nací enfermo, no nací cantando, no nací en cuna de oro, no nací para estar solo y tenía que cambiar aquello, solo sentía que la soledad me estaba consumiendo y que debía cambiar o moriría entre Mercedes Benz, BMW. Blancos que no me comprenden, pisos o casas de lujo, parques vacíos y canchas de fútbol sin balón ni jugadores, todo era como una hoja en blanco, ya ni siquiera me sentía un cero y mucho menos me iba a sentir como una mancha en una pared, me sentía invisible.

Maldita soledad, bendito aprendizaje y benditos padres que tuve. Soy hijo de William Sandoya Guaycha, un ex soldado, un valiente, un guerrero, este señor lo era todo para mí, era mi ejemplo a seguir, era el padre que yo quería ser, era el defensor de mis sueños, era el defensor de mis aspiraciones, era mi guía, era el mejor padre, fue quien creyó en mí, es quien sigue creyendo en mí, es quien me apoyó aún poniéndose en contra de mi propia madre, era con quien nunca había hablado pero siempre supo lo que necesitaba y aún con su cara de indio bravo, en el fondo de su ser existía un amor inmenso que me supo transmitir a su manera y que hizo que siguiera adelante.

Yo, William Sandoya Castro, siempre seré el hijo de don Sandoya y doña Lupe, así nos conocían en el barrio y así me conocerán por siempre, fui un poeta en crisis, un cantante sin canción, pero, soy el hijo de las dos personas más grandes de este grandioso universo, don Sandoya y doña Lupe y a ellos y por ellos debo levantarme cada mañana y trabajar por un sueño, y hacerlo realidad porque esa es mi única obligación, y no darse por vencido ni aunque esté vencido, tengo un pasado que me ha enseñado y un futuro prometedor como lo que yo quisiera ser, tuve una educación privilegiada y todo gracias a ellos. Tengo una promesa con el mundo, que los hijos de don Sandoya y doña Lupe y los hijos de los hijos de estos y los hijos de mis hijos y toda su descendencia solo tienen una cosa que hacer bien y es tan simple como “hacer realidad sus sueños”.

Con esa mentalidad empezó el nuevo grupo.
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