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Capitulo 2 de Tragedia de Apología

Marcial Cancela

02/03/2010

Unos pasos conducen a otros, ¿Qué más da si no todos son calculados a la perfección?, lo que cuenta al final, es todo lo que has disfrutado del camino recorrido. Mi cuna es fría y gris; quizás incluso pudiera ser la antítesis perfecta de Guayaquil. Los jóvenes tenían un abanico abierto de posibilidades ante ellos que, por otro lado, nunca se acabaron de creer. Puede que su propia ignorancia hacia sí mismos los convirtiera a todos en seres predecibles y exageradamente básicos, con la única preocupación de buscar drogas para el fin de semana, o enseñar en clase los efectos congelantes del cloro etileno; pero había uno que no era así, había uno que reaccionaba ante la belleza y que lloraba indignado y compungido ante cualquier injusticia. Había alguien diferente que ni por asomo imaginó lo que deparaba para él el devenir de los acontecimientos futuros, en una tierra donde lo mejor que puede hacer un joven es irse y no volver y donde muchos jóvenes mueren jóvenes y de forma trágica, o sea, por su propia mano.

Como muchos otros visionarios, a los que solo el tiempo les da la razón, empecé a dilucidar la dirección óptima para mis aptitudes: la creación, la belleza, la verdad, la palabra, el derecho, la razón…, el rap. Lo cierto es que en aquel lugar y en aquella época de ignorancia estilística total y de represión a lo diferente, hubo quienes tomaron el camino más desconocido pagando el precio social correspondiente; el post-franquismo latente, los cánones e ideales retrógrados y la creencia popular de que todo lo nuevo o diferente es malo, no tardaron en convertirme en un chivo expiatorio, un bicho raro a ojos del populacho, circunstancia que a modo de paradoja, solo incrementaba mi rabia y mi necesidad de decir la verdad a los que se negaban a verla.

(…Si estáis ciegos yo os daré ojos aun siendo los míos y si no sabéis usar los vuestros, no los necesitáis…)

La vida no siempre te muestra el camino que tú esperas y de repente te convierte en un extraño en tu propia tierra, en un profeta que convive con su destierro, o en una recta que diverge de su camino para acabar confluyendo, junto a otras rectas “desviadas”, en un mismo vórtice espacio-temporal. Ese es mi caso; nuestro caso. Justo a la edad en que los primeros cabos empiezan a atarse, cuando el viaje va cobrando sentido, la marea de la vida te lleva a puertos insospechados; unos cruzaron el mundo, otros cruzaron océanos y otros simplemente un país. De nuevo me encuentro en el punto de partida y sin darme cuenta, he cambiado la lluvia por el sol, la sombra por luz, la impotencia por capacidad y, el deseo por acción. Me siento solitario y lejano de todo lo que conozco y a la vez, renacido y capaz; sé que la soledad se cura saliendo de ti mismo y la distancia, al igual que la edad, solo es un estado mental. Así tenía que ser y así fue.

Dicen que para hacer tortilla hay que romper varios huevos y después de lo que sería un desfalco en la supervivencia ovípara, aquella tortilla iba tomando forma, al fin y al cabo, no se puede perder siempre.

Como si de un efecto gravitatorio se tratase, el refrán “Dios los cría…” hacía honor a su nombre; como púgiles noveles rebotando sin control contra las cuerdas de un cuadrilátero en el que éramos poco más que invitados. Un buen día, en un momento en que las circunstancias nos obligaron a perder el miedo y soltar el lastre que nos golpeaba a discreción, decidimos darnos la mano en perfecto concilio y hermandad con el fin de convertir nuestras voces de corazones desheredados en una sola; en una sola voz cuyo eco abarcase los confines más lejanos; una voz que levantase al caído, que acompañase al marginado, que diese esperanza a los que no la conocían. Yo acompañado de otra parte de mí materializada en un amigo, una alianza con una condición: no pensar en el resto, no contar con el camino de vuelta, no existe el camino de vuelta, no queremos volver. Una búsqueda, de las muchas que la vida comporta, había cesado para dar pie a otra mucho más interesante y satisfactoria; simplemente habíamos encontrado el respeto y la confianza necesaria para emprender un camino común, un camino sin regreso, un camino de esfuerzo, corazón, voluntad y lealtad. Un camino único.

Allende vamos nuestras voces retumban al unísono y solo se trata del principio, del comienzo. Se acabó la era de dejarse llevar y comienza la de las metas reales, la de las cimas, la de verdad. Por algún motivo que solo el universo como ser vivo comprende, estamos juntos y preparados y tenemos los hilos de nuestro futuro en la palma de la mano. ¡Adelante con ello!, todo empieza ahora.
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