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El caballero de magritte por David Escobar Galindo
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EL CABALLERO DE MAGRITTE

David  Escobar Galindo

14/10/2008

Caminaba por calles donde la luz se demoraba mucho, quizás contando gajos de San Carlos. Eran esos lugares apacibles, de inmóviles señoras a las puertas y costureras en un fondo de humo. Yo no nací para las avenidas -hago una salvedad: Campos Elíseos-, sino para los quietos callejones, para los caminitos con recodos. ¡Es una ceremonia tan magnánima la de admirar antiguos adoquines, con ojos inocentes que nos siguen desde el gastado albor de los encajes! A la par de las verjas, los pequeños jardines eran reinos donde una rosa siempre gobernaba. Una rosa distinta cada día: la de ayer más fragante, la de hoy más empinada, la de mañana casi con luz propia, la de después con tiernas telarañas. Era tan dulce el aire como si hubiera hecho la siesta junto a la dulcería «Las Gardenias»; y yo, cuidándome de no ser visto, cortaba un ramo de aire, y lo iba saboreando hasta el cansancio, con la perseverancia del profeta. Alguna vez, las calles se llenaban de lluvia: era como si todas las cortinas se rebelaran tras de sus balcones, con un murmullo alegre y recatado, que le daba al ambiente esa ternura de filial crepúsculo. No sé por qué la lluvia siempre me sorprendió cuando la tarde ya no tenía apenas resplandores. Era una lluvia viva, desde luego. Una lluvia caliente y vaporosa. La lluvia que sonaba entre los árboles como la antigua y auroral marimba, tocada por ancianos. Me enseñaron las calles la paciencia del río cotidiano, la claridad humilde del remanso que refleja una garza imaginaria. Supe después la fuerza de los ríos, brilló después se fue volviendo espacio donde ya era posible inventar una estrella. Pero nunca dejé de caminar por las calles tranquilas, suburbanas, igual que el enlutado personaje de Magritte, sin edad, siempre de espaldas. Quizás los muros se descascaraban, quizás las puertas eran más herméticas. Yo siempre caminaba por las calles donde la luz se demoraba mucho, donde la vida era el indescifrado, sereno laberinto. Nunca dejé de andar por esas calles, porque sé que una de ellas desemboca en la Plaza del sueño.
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