A los que lamentaron mi supuesta muerte. la muerta agradecida por Carolina Coronado
Buscador de poesias: A LOS QUE LAMENTARON MI SUPUESTA MUERTE. LA MUERTA AGRADECIDACarolina Coronado02/10/2008 El corazón, amigos, palpitante como otras veces en mi pecho siento; mas al oír vuestro piadoso acento sobre las nubes me soñé un instante.
Juzgué más claro el sol, menos distante, vi espíritus celestes en el viento y en la estrella que más resplandecía vi confusa la imagen de María.
Los colores, la luz, aire, el ruido, todo más bello que en la tierra era, y aquel mundo con gloria verdadera le brindaba a mi espíritu embebido.
Pero con ser del alma tan querido el cielo que de muertos nos espera, esa dicha, medrosa rechazando, de mi ilusión me desperté temblando.
Dios quiere que aun el día no llegado a mi vida en su plazo, todavía; resignación le falte al alma mía para dejar mi triste suelo amado.
Amo a los corazones que me han dado, pena, placer, tristezas, alegría; amo al árbol, al río, a la pradera y amo a mi dulce lira compañera.
Vendrá colmado de dolor, acaso, el porvenir que a mi existencia aguarda y de la muerte en su carrera tarda, tal vez acuse el perezoso paso.
Mas nunca Dios el sufrimiento escaso nos da, cuando el descanso nos retarda, y mi término corto o prolongado siempre estará por el bien señalado.
Mas, en tanto que treguas a mi vida le place conceder al poderoso, escuchad de una muerta agradecida el acento que exhala cariñoso;
Sabed que de una voz dulce y sentida a mí llegando el eco generoso, vuestra memoria de amistad bendita deja en mi corazón con llanto escrita.
Badajoz, 1844
Carolina Coronado
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A LA MEMORIA DE LA POETISA CAROLINA CORONADO
¿Qué mágico sonido del arpa insinuadora se desprende doliente y extinguido? ¿Cuya es la voz que los espacios hiende, y el ánimo suspende, y al tierno corazón presta un latido? ¿Quién lanza esa canción triste y sonora? Oíd... Es Carolina, que del Guadiana en los confines ora, segunda peregrina, como el jilguero en la espesura trina; ¡mas no que su canción desgarradora es la del cisne que cantando llora su muerte ya vecina! Ya de la edad en el abril temprano, con ojo escrutador su pensamiento de la existencia penetró el arcano; y al arpa con afán tendió la mano los bordones a herir del sentimiento. Y aún en la infancia su canción primera sonó desconsolada, como el balido fiel de la cordera que gime en la pradera, del can y del pastor abandonada. Quizá sobre su frente sin mancilla pálida y triste reflejo de la luna, como el flambón que en los sepulcros brilla; y a su luz amarilla maldijo entre soñando la fortuna que ante sus ojos, el fatal diseño de la existencia, desplegó importuna también en su dormir con torvo ceño... y entre el afán de su intranquilo sueño, tal vez un ángel le gritó en la cuna: «¡Llora si puedes llorar!.... De ese llanto que no brotas; son ¡ay! amargas las gotas como verdina del mar. ¡Llora inocente, sin calma lágrimas de hiel henchidas, que en el alma detenidas son la ponzoña del alma! ¡Llora, Carolina, llora!...» Y con invisible vuelo, tornóse el ángel al cielo de la niña al despertar. Y ella enjugando sus ojos la gota de hiel primera, dijo, y el ángel la oyera- «Yo nací para llorar» con llanto regó doliente de su infancia los verdores, con llanto regó las flores de su hermosa juventud; y en esa estación risueña de ilusiones y ventura tristes ayes de amargura brotaron de su laúd. ¡Oh!... de la edad en el abril temprano, con ojo escrutador su pensamiento de la existencia penetró el arcano; y al tender a la cítara su mano, los bordones pulsó del sentimiento! «Nací para llorar... ¡ésta es la vida!» Tú lo dijiste, Carolina hermosa; ¡Cándida flor, con lágrimas nacida! ¡Rosa de amor, por el reptil mordida!... ¡Torpe reptil, que marchitó la rosa! Hoy, Carolina, en el celeste coro con los ángeles cantas... ¡Ah! ¿recuerdas pulsando el arpa de oro, las veces que tu lloro gota por gota, humedeció sus cuerdas?
También desatentada «¡Lejos el llanto!» murmuraste un día; de ti propia olvidada; y en honda carcajada, «¡Quiero ahogar el dolor con la alegría! ya doy al mundo el exigido culto; miradme... ¡ya me río! contemplad esta risa... no la oculto... y en tu boca la risa... era un insulto, ¡era un sarcasmo a tu tormento impío! ¡gozo fatal de la tristeza loca! Él en tu seno comprimió un latido... Una sonrisa desplegó tu boca y entre tus labios... estalló un gemido. Vuelve a llorar... de tu fecundo llanto. Roto el raudal, que tu delirio amansa, del corazón adormirá el quebranto, que con el lloro el corazón descansa... ¡Llora infeliz con tu sentido canto! ¿Cuya es la voz que los espacios hiende y el ánimo suspende? Su canto... ¿no es verdad? ¡Torpe mentira! ¡Torpe ilusión!... De su empolvada lira ni un eco se desprende... seca la voz de su gentil garganta la dulce Filomena, no, como ayer, al marinero canta... no, como ayer, al marinero encanta ¡con su voz la Sirena! Su voz ayer de desconsuelo llora, cual otra peregrina, sobre las auras columpió serena, la infeliz Carolina... su postrera canción, desgarradora fue la del cisne que cantando llora su muerte ya vecina. ¡No canta ya!... de la doncella hermosa sobre el sepulcro, al deshojar la palma, no perturbéis ¡por compasión! la calma de su tranquila losa... El cuerpo virginal allí reposa, y habita con los ángeles el alma. ¡No canta ya!... ni como ayer se apila de su cántico al son, lágrima ardiente, a su turbia pupila: ¡ya de su llanto se agotó la fuente! Contemplad sus despojos, ¡oh! corazón... su frente sin colores: secos sin luz al admirar sus ojos. ¡Bien tienes que llorar, por bien que llores! ¡Lágrimas tristes, que anegáis los míos corred, corred a ríos... y de su tumba fecundad las flores.
18 enero 1844 EULOGIO FLORENTINO SANZ.
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