A españa por Carolina Coronado
Buscador de poesias: A ESPAÑACarolina Coronado02/10/2008 ¿Qué hace la negra esclava, canta o llora? Tú, Europa, gran señora, que a tu servicio espléndido la tienes, responde, ¿llora, canta, o dormida a tu planta apoya ora en tus pies sus tristes sienes?
Yo que en su misma entraña me he nutrido y en su pecho he bebido su ardiente leche, con amor la adoro, y por saber me afano si al pie de su tirano reposa, canta o se deshace en lloro.
Venga el pueblo que a madre tan querida debe también la vida, las nuevas a escuchar, que de su suerte por caridad nos diga la señora enemiga de quien vive amarrada al yugo fuerte.
Oigan los hijos de la negra esclava lo que orgullosa acaba de transmitir su dueña a las naciones, para que mofa sea del mundo que la vea sufriendo eternamente humillaciones.
Dice, que por nodriza solamente al Norte y al Oriente conducen a la madre, cuyo seno a mucha boca hambrienta sin cesar alimenta con la abundancia que lo tiene lleno.
Y nos dice también que latigazos la dan con duros brazos los hijos de Bretaña y del Pirene, después de haber sacado al seno regalado el jugo que los nutre y los sostiene.
Y se atreve a decir la fiera dueña que en rendirla se empeña, dejándola cansada, enferma y pobre, para que no en la vida emprendiendo la huida su independencia y libertad recobre...
¿No tenemos un Cid? ¿No hay un Pelayo que nos presten un rayo de indignación, con que a librarla acuda ese pueblo indolente, esa cobarde gente, egoísta, ambiciosa, sorda, muda?
¿Dónde está la bandera, caballeros, que dos pueblos enteros con su anchuroso pabellón cubría? ¿dónde los castellanos en cuyas fuertes manos la enseña nacional se sostenía?
Ya no hay bandera; el pabellón lucido en trozos dividido como harapos levanta nuestra gente sin escudo y sin nombre, sirviendo cada hombre de caudillo y de tropa juntamente.
Cual árabes errantes, cada uno sin domicilio alguno vagan los desdichados en la tierra, huyendo del vecino que hallan en su camino por no poder marchar juntos sin guerra.
Quién levanta su tienda de campaña en un rincón de España y por su rey a su persona elige, y quién sobre la arena traza, escribe y ordena las leyes con que él sólo se dirige.
Y quién burlando al Dios de sus abuelos nombra para los cielos otro señor que nos gobierne el alma, juzgando la criatura que siendo el Dios su hechura más fácilmente alcanzará la palma.
Patria, leyes y Dios, siervo y monarca el español abarca refundiendo sus varias existencias en el cerebro loco para quien juzga poco, de esa inmensa reunión, cinco potencias.
¡Soberbia, necia vanidad mezquina que a padecer destina la soledad, el duelo, el abandono a esa España afligida que siempre desvalida se ve juguete de extranjero encono!
Ha menester alzarse una cruzada, ha menester la espada blandir al aire la española tropa, los reinos espantando para salvar luchando a ésa que gime esclava de la Europa.
Mas ¿dónde habéis de ir, tercios perdidos, de nadie dirigidos, marchando sin compás por senda oscura con rumbo diferente, a dónde, pobre gente, a dónde habéis de ir a la ventura?
¿Resucitó Cortés, vive aún Pizarro, o de encarnado barro queréis poner vestido de amarillo un busto en vuestro centro por que al primer encuentro vengan rodando huestes y caudillo?
Nunca se lanza el águila a la esfera sin medir su carrera; nunca el toro acosado en la llanura rompe en empuje fiero sin pararse primero a reforzar su aliento y su bravura.
Unid el pabellón roto en pedazos, enlazad vuestros brazos, a un mismo campo el español acuda, y al brindar la pelea que un mismo nombre sea el que invoquéis a un tiempo en vuestra ayuda.
Así de negra esclava que es ahora será España señora, por vosotros del yugo rescatada, y al abrigo del trono con soberano tono de los pueblos servida y respetada.
Así ¡ay! de infeliz que hoy se presenta será España opulenta, por vosotros no más enriquecida, bella y engalanada, de laurel coronada, respirando salud, contento y vida.
¡Veréis como ya entonces no la insultan los que su diente ocultan entre sus pechos, con hambrienta boca, después de haber sacado, su jugo regalado, llamándola salvaje, necia y loca!
Veréis ¡oh! como entonces las banderas de aquellas extranjeras que la trataron con tan dura saña, inclinando su frente, con voz muy reverente la dicen al pasar —«Salud, España»
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