A cádiz por Carolina Coronado
Buscador de poesias: A CÁDIZCarolina Coronado02/10/2008 No es sueño, es la verdad ¡oh mar! te veo... no es sueño, es la verdad, ¡estoy contigo!... no es sueño, es la verdad, tus ondas sigo y sacio en contemplarte mi deseo; aquí está la verdad en que yo creo, aquí habita el Señor que yo bendigo, y siento entre estas vívidas montañas el hondo palpitar de sus entrañas.
¡Tú eres el mar!... ¡el mar!... no eres el río; el horizonte con tus brazos llenas, y en vez de murmurar bramas y truenas maravillando el pensamiento mío, pero en tu seno con placer confío recuerdos, dichas, esperanzas, penas, sin que un instante me acobarde el miedo de que en tus ondas sumergirme puedo.
¿Miedo de ti? ¿Por qué? ¿No es de la tierra de dónde vengo yo? ¡Por qué temerte! ¿Amenazas tú más que con la muerte ni tienes sino el agua que dé guerra? ¿En dónde tu maldad ¡oh mar! se encierra para que así nos acobarde el verte? ¿Qué me puedes hacer? ¿Tragar mi barca?... La Francia se ha tragado a su monarca.
¿A dónde vais, pobres gaviotas, huyendo así del horizonte oscuro? ¿No teméis el morir al pie del muro en sangre tintas vuestras alas rotas? Hubo una edad entre las más remotas, en que la tierra fue asilo seguro; pero lanzados ya de aquel asilo, el torrente del mar es más tranquilo.
¡Ah! yo no sé; pero al mirar de lejos la vasta soledad del agua hermosa, me siento de vosotras envidiosa que podéis habitar en sus espejos; los marinos nos dan tristes consejos, porque huyamos del agua borrascosa; pero al lanzarnos de tan bella casa, no saben ahora lo que en tierra pasa.
¡Cuánto más blando el mar que nos rodea, aunque el torrente abata vuestros vuelos, será que las pasiones, los desvelos de esa región que a nuestra vista humea! ¡No os vais del mar! El alma se recrea soñándose suspensa entre dos cielos, y si no tengo yo en las verdes salas, menos debéis temer que tenéis alas.
¿Qué he de temer? ¿Que el mar en sus extremos de sal inunde mi entreabierta boca? ¡La sed que en medio el agua nos sofoca en la salada lluvia saciaremos! Más salado es el llanto y lo bebemos en tierra seca, y no en corriente poca, siempre con ansia igual, con igual daño un día y otro, uno y otro año.
¡Oh mil veces feliz ave y marino, que cruzan sin temor esas montañas, y más dichosa tú la que te bañas, Cádiz, en ese golfo cristalino! Allá te veo entre el flotante lino salir, hermosa, honor de las Españas, cual salen las palomas por el río cuando a bañarse van en el estío.
Hija de las entrañas de Océano, como sus conchas y sus peces eres, y las que guardas célicas mujeres son perlas escogidas por tu mano, a bordo de tu buque soberano Siempre embarcados, tus felices seres, Gozan en paz de la ilusión divina De este viaje que jamás termina.
Cuando del muro los estrechos lazos salta y el onda tu cabeza baña, dicen que quiere con terrible saña tragarte el mar en míseros pedazos, pero es que te acaricia entre sus brazos como a sus tiernos hijos la alimaña, y cuando más parece que te abruma te da la leche de su blanca espuma.
¡Ciudad de torres solitaria y bella! todo es hermoso en tu recinto amigo; el pobre halla limosna y halla abrigo, y aun da a otros pobres el sobrante de ella. Cuando me lleve mi contraria estrella lejos de ti; me soñaré contigo... si es que duerme bastante para el sueño quien nada espera dulce ni risueño.
¡Ah, sí! me queda la ilusión divina de este mar tan inmenso y tan profundo, donde ha de hallar, al fin, descanso el mundo cuando lo quiera Dios. Alma vecina del mar, mejor comprende y adivina lo que es Dios, lo que el pueblo moribundo, que encerrado se agita y despedaza ser contra ser y raza contra raza.
Ya le voy a dejar, nada en la vida sino el dolor profundo es duradero, y por lo misino que mirarlo quiero, tengo que darle ya mi despedida; todo placer va siempre de partida muy pronto por la vida, muy ligero, y basta que la mar mi encanto sea para que nunca más su encanto vea.
¡Adiós, amigos!... ¡tierra hospitalaria!... Las lagrimas más dulces que he vertido ¡oh Cádiz, Cádiz! en tu seno han sido; y si en medio del agua solitaria ves en el barco un rostro, que afligido te mira, yo seré que entre la varia gente y la nube del vapor que humea «¡Adiós, adiós, diré mientras te vea!»
Cádiz, 1848
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